"Hemos construido una sociedad moderna e ideal, donde ya nada importa o todo da igual. Donde nadie piensa en consecuencias, solo en resultados. Porque si hay personas afectadas, simplemente serán ignoradas.
Hemos construido un mundo tecnológico y moderno. Destruyendo recursos, vida y naturaleza porque lo que está mal a casi nadie le interesa. Un ser humano es la clase que puede dominar lo que este a su paso, aunque no sea capaz de dominarse a sí mismo porque no tiene ningún caso.
Aquí es más hombre el que engaña más mujeres, no importan los sentimientos solo tiene que buscar placeres, un hombre de verdad es el que sabe más de sexo y posiciones, no pierde el tiempo con el amor porque lo aprovecha en ambiciones. Es más mujer la que usa la hipocresía antes que la cortesía, la que sabe criticar en lugar de aconsejar, la que se hace más operaciones porque es más importante su apariencia que sus emociones y conciencia.
Si eres niño aprendes a masturbarte antes de saber jugar. Si eres niña aprendes a desnudarte antes de menstruar y puedes embarazarte para luego abortar y tranquila, eso es algo muy normal. Para madurar debes aprender a beber y fumar, llegaras a viejo cuando comiences a aburrir y estorbar.
No hacen falta compromisos para besarte y acostarte con alguien más, aquí eres libre de buscar y probar lo que te existe más. Extraño, conocido, amigo o familiar, ninguno importa porque a cualquiera se puede ignorar.
No importa si la música que escuchas te trata como mujerzuela o te hace ver como delincuente, lo que importa es que el ritmo sea pegajoso y vulgar porque es lo que entretiene a la gente.
Tu nivel de vida se mide por las cosas que puedas comprar, y te juzgaran por tu forma de aparentar, porque aunque a nadie le importes debes encontrar la manera de agradar y encajar en un grupo que cuando le necesites te va abandonar.
En nuestra sociedad, saber más, tener más y poder más son las herramientas para humillar y abandonar a los demás. Y si tienes menos, sabes menos y puedes menos tienes las excusas para resignarte, quejarte y abandonarte. Aquí no se viene a solucionar ni mejorar, aquí se viene a culpar a otros cuando llegas a fallar. Y es el otro quien se debe disculpar cuando eres tu quien lo ha querido lastimar.
Fundamos creencias para contradecir las de otros. Los prejuicios de un solo hombre justifican miles de muertes en cada guerra. Los pueblos culpan a los gobiernos que ellos mismos eligieron. Los maestros mantienen ignorantes a sus estudiantes y son más peligrosos los policías que los asaltantes. Nadie va a la escuela para aprender porque es más fácil copiar y si tenemos buenos resultados, sínicamente podemos presumir y celebrar. Usamos celulares para comunicarnos con los que están distantes aunque ignoremos a los que están a nuestro lado en cada instante. Algunos esperan un apocalipsis porque quieren un nuevo mundo y otros anhelan transportarse a otro planeta. Pero muy pocos hacen algo para preservar lo que de este nos queda.
Yo solo soy un idiota inconforme que piensa mucho luego de observar y que simplemente espero alguna conciencia tocar. Hago algo en la medida que puedo, pero puedo muy poco en la medida que hago. Porque simplemente seré juzgado en esta sociedad en la que estoy involucrado.
Antes ocultaba lo que pensaba, porque creía que lo que sentía a nadie le interesaba. Pero ahora he decidido decir lo que pienso y hacer lo que digo, aunque sea juzgado como loco e inadaptado".
lunes, 3 de junio de 2013
domingo, 2 de junio de 2013
Hijo eres, padre serás
El abuelo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comían juntos en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. La comida caía de su cuchara al suelo y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel.
El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente"... "Derrama la leche hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en uno de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran frías llamadas de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.
El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: "¿Qué estás haciendo?"
Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un plato para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos."
Sonrió y siguió con su tarea. Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupo un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.
El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente"... "Derrama la leche hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en uno de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran frías llamadas de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.
El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: "¿Qué estás haciendo?"
Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un plato para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos."
Sonrió y siguió con su tarea. Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.
Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupo un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.
martes, 28 de mayo de 2013
Decálogo del buen padre
1. Pasar (mucho) tiempo con los hijos
Las horas de comidas, cuando preparan la mochila para el cole, mientras juegan, cuando escuchamos música... Sencillamente, hay que encontrar tiempo para estar con ellos. Aunque tengamos muchas obligaciones y estas sean muy absorbentes y agobiantes, estar presentes en la vida de los chicos es prioritario.
No nos engañemos con eso de que no importa la cantidad de tiempo sino la calidad; por muy buenos que seamos, quince minutos no pueden dar mucho de sí. En cuanto a la calidad, la personalidad de los hijos se desarrolla a partir de la relación con los padres, de lo que reciben de ellos y de lo que aprenden a su lado. Por eso cuando estamos con los niños, debemos estar entregados en cuerpo y alma, con ganas, no leyendo el periódico, hablando por teléfono o pensando en nuestras cosas.
2. Querer y respetar a la madre
Si el padre no tiene relación amorosa con la madre de sus hijos, que al menos tenga relación amistosa. El buen trato entre los padres es indispensable porque muestra los sentimientos que existen entre ellos. Aunque las cosas no vayan del todo bien en la pareja o ex pareja, en la relación entre los padres tiene que reinar el respeto. Hay que hablar del otro y con el otro con aprecio, aún en las discusiones y cuidar todas las facetas de la relación: amistad, compromiso, comunicación, resolución de conflictos, corresponsabilidad o negociación. Si esto no se logra, lo mejor es buscar ayuda. La relación entre los padres crea una atmósfera en la que el niño crece y va formando su identidad. No es lo mismo que haya confianza y armonía entre los padres a que papá y mamá se contradigan y descalifiquen entre sí.
3. Ser un buen ejemplo
Los hijos se fijan en el padre. Cuántas veces hemos dicho o escuchado de alguien: «En esto sale al padre», «eso lo sacó del padre» o «de tal palo, tal astilla». Juan Manuel Serrat dice en la canción Esos locos bajitos: «Esos que se menean con nuestros gestos» y que «cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir». Los padres son sus modelos, los chicos copian de ellos modos de ser, de afrontar y resolver, de relacionarse con las cosas, con los demás y consigo mismos. Así, muchas veces nos muestran nuestros propios defectos. Si al verlos, en lugar de enfadarnos, intentamos corregirnos y educar con el ejemplo, les enseñaremos a corregirse y mejoraremos nosotros también. Saberse un modelo y tratar de estar a la altura en la que nos ponen los hijos es muy educativo para todos.
4. Estar a las duras y a las maduras
Los niños necesitan a su papá en todo momento y para muchísimas cosas. Lo necesitan para que les arrope, les ayude a trepar más alto, a dejar los pañales o a hacer los deberes.
Un padre ayuda a crecer. Por eso es necesario que papá diga tanto «sí» como «no», él tiene que saber conjugar mimos y límites. A veces, los padres, conscientes de que pasan poco tiempo con los hijos, priorizan una faceta y se convierten en papás que solo juegan o miman y desatienden los conflictos o, por el contrario, en papás ogros que solo saben reprender como si vivieran enfadados. O se interesan nada más por algunas de las actividades del hijo y desatienden las otras: no se pierden ni un partido de fútbol del niño pero no se enteran de cómo le va en la escuela o con los amigos. Un padre tiene que poder ser amigo, compañero, protector, sabio... ¡y estar en todos lados!
5. Regalar alegría
Una infancia feliz es casi una garantía de una vida feliz, por lo menos favorece que en el futuro el niño tenga integridad emocional y buena salud mental. Llegar a casa con chuches, planificar una excursión en familia, hacerles chistes para reírnos con ellos, jugar al escondite, contarles historias... este tipo de alegrías los chicos las reciben como algo más que un gesto, para ellos representan «lo bueno de la vida». Y estas cosas buenas son las que les fortalecen, les hacen más valientes y les dan armas para afrontar las dificultades propias del crecimiento o las circunstancias adversas. Tener una bicicleta o un patinete es estupendo, pero reírse con papá es necesario. Darles alegría no consiste en comprarles juguetes, sino en transmitirles, a través de la convivencia, el mensaje de que papá les quiere y disfruta con ellos.
6. Darles prioridad
Cuando el niño es relegado en los intereses del padre, se refugia en la madre y se vuelve demasiado dependiente de ella. La principal función del padre es ayudar al hijo a sentirse seguro en el mundo más allá de los brazos de la madre, y para eso el pequeño debe sentir que es importante para papá. El vínculo con los hijos no es genético, es ético. Es el resultado de una decisión amorosa que hay que sostener día a día. Además, darles el primer lugar en nuestra vida nos hace a nosotros tan felices como a ellos.
7. Escuchar
Estar atentos a lo que dicen y no dicen y animarles a expresar lo que piensan y sienten es la forma de conocerles. Los niños tienen creencias y fantasías que sorprenden al adulto. Por ejemplo, es común que representen a la Tierra como una casa gigante con los humanos dentro o que crean en monstruos o, los más pequeños, piensen que el peluche es parte de su cuerpo. Para enterarnos de lo que pasa por sus cabecitas hay que escucharles con atención. Escuchar es un acto de amor, cuando les prestamos atención se sienten importantes para nosotros. Además, les damos la posibilidad de escucharse a sí mismos, ser capaces de hablar para defenderse, dar una opinión, plantear lo que no entienden, resolver conflictos, contar sentimientos o emociones e inventar historias. Y si comparten con nosotros sus tribulaciones o temores, se quedan aliviados.
8. Educar con cariño
Disciplinarlos es una de forma de amarlos. Si les marcamos límites, si les negamos algo que nos piden pero no les conviene o nos oponemos a sus deseos porque no son razonables, será siempre por su bien, para ayudarles. No les educamos «para que no molesten a los mayores», sino para que sean felices y cabales.
Cuando les enseñamos a usar la cuchara, a ser responsables con los deberes del colegio o a no gritar dentro de casa, no lo hacemos para que no se ensucien o no nos den la lata, sino para ayudarles a desarrollarse como seres independientes. La disciplina adecuada une amor, razón y respeto por el niño. Si tenemos esas tres cosas, ya podremos enfadarnos sin miedo: sabremos corregirles sin agredirles y hacerlo solo cuando lo necesitan.
9. Contar cuentos
Contarles cuentos a los niños es igual a darles un «máster universitario infantil». Ellos necesitan los relatos para aprender a hilar situaciones, a comprender que primero pasa una cosa y luego otra y para entender el tiempo (qué es «ayer», «mañana» o «después»). No hay nada tan interesante y entretenido como escuchar las cosas que les pasan a los demás y ver cómo resuelven sus problemas desde el lugar más seguro del mundo: al lado de papá. Junto a él pueden identificarse con el protagonista, atravesar penalidades y triunfar sin sufrir un rasguño. Pero los cuentos no tienen solo un valor intelectual: la voz de papá les envuelve y les reconforta ahora igual que les arrullaban las nanas cuando eran bebés y les da ánimo para enfrentarse a los monstruos de la noche. Por eso les gusta tanto el cuento de antes de dormir.
10. Estar al tanto de “sus cosas”
Los «asuntos de chicos» son importantes, sobre todo si se trata de los hijos. Sean serios o banales, como tienen importancia para el niño, también tienen que tenerla para papá. Sin agobiarles ni atosigarles, hay que estar cerca de ellos para encauzar conductas, asistir a las reuniones del colegio, acompañarles al médico, estar al tanto de las notas, de qué hacen en el tiempo libre o cómo les va con los amigos. Aunque no existen recetas, hay una fórmula básica que consiste en acostumbrarles desde pequeños a que nos cuenten sus cosas, sin presiones y con respeto. Si estamos a su misma altura y podemos mirarles a los ojos, mejor.
lunes, 15 de abril de 2013
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